Volvió a contar sus ovejas. Corroboró así que faltaba una.
Sus dos ovejas negras estaban pastando, una a cada lado del rebaño. También se encontraba la de mirada de lobo, balando, como llamando a la singular oveja gris, que se le acercaba. El carnero, macho y líder del rebaño se encontraba al frente mirando a su pastora y comprendiendo el desconcierto.
De pronto, cruzando el río seco, que en los veranos sabe ser el dueño del valle, apareció un caminante. No parecía de estas tierras y eso quedo confirmado cuando con su voz se puso de manifiesto un acento particular, mezcla de varias lejanías. Le preguntó a la pastorcita por el camino hacia el próximo pueblo, luego de saludarla respetuosamente. Por debajo de su sombrero de ala ancha se adivinaba un cabello abundante y ondulado.
La pastora comprendió todo y señalando con su índice hacia el norte, fijó una mirada maternal en los ojos del caminante y le precavió de no perder la huella del camino. Agradecido, el caminante siguió su paso y sintió una sensación de libertad mayor a la que sentía solo en el desierto infinito que crea un río seco. Miró hacia atrás y no vio nada. La vieja pastorcita había desaparecido, y con ella su rebaño, con una oveja menos, pero no por eso incompleto…